Lectura del santo Evangelio según san Marcos
Al llegar el mediodía, toda aquella tierra se quedó en
tinieblas hasta las tres de la tarde. Y a las tres, Jesús gritó
con voz potente: “Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?” (que
significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?). Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
“Miren, está llamando a Elías”. Uno corrió a empapar una
esponja en vinagre, la sujetó a un carrizo y se la acercó
para que bebiera, diciendo: “Vamos a ver si viene Elías a
bajarlo”. Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba a
abajo. El oficial romano que estaba frente a Jesús, al ver
cómo había expirado, dijo: “De veras este hombre era Hijo
de Dios”.
Transcurrido el sábado, María Magdalena, María (la
madre de Santiago) y Salomé, compraron perfumes para
ir a embalsamar a Jesús. Muy de madrugada, el primer
día de la semana, a la salida del sol, se dirigieron al
sepulcro. Por el camino se decían unas a otras: “¿Quién
nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?” Al llegar,
vieron que la piedra ya estaba quitada, a pesar de ser
muy grande.
Entraron en el sepulcro y vieron a un joven, vestido con
una túnica blanca, sentado en el lado derecho, y se
llenaron de miedo. Pero él les dijo: “No se espanten.
Buscan a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado. No
está aquí; ha resucitado. Miren el sitio donde lo habían
puesto”.
Palabra del Señor.
G5, Marcos 15,33-39. 16,1-6


