Lectura del santo Evangelio según san Juan
En aquel tiempo, cuando llegó María [la hermana de
Lázaro] adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies
y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría
muerto mi hermano”. Jesús, al verla llorar y al ver llorar a
los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más
hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le
contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a
llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo
amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los
ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no
muriera?”
Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante
el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa.
Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la
hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya
huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No
te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”
Entonces quitaron la piedra.
Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy
gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú
siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta
muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me
has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal
de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y
los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
“Desátenlo, para que pueda andar”.
Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y
María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
Palabra del Señor.
G15, Juan 11,32-45


