Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos


Hermanos y hermanas:

Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. No han recibido ustedes un espíritu de esclavos, que los haga temer de nuevo, sino un espíritu de hijos, en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios.


El mismo Espíritu Santo, a una con nuestro propio espíritu, da

testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos,

somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo,

puesto que sufrimos con él para ser glorificados junto con él.

Considero que los sufrimientos de esta vida no se pueden

comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros;

porque toda la creación espera, con seguridad e impaciencia,

la revelación de esa gloria de los hijos de Dios.


La creación está ahora sometida al desorden, no por su

querer, sino por voluntad de aquel que la sometió, pero

dándole al mismo tiempo esta esperanza: que también ella

misma, va a ser liberada de la esclavitud de la corrupción,

para compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios.


Sabemos, en efecto, que la creación entera gime hasta el

presente y sufre dolores de parto; y no sólo ella, sino también

nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu,

gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente

nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro

cuerpo.


Palabra de Dios.

E4, Romanos 8,14-23